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Columna Editorial. Diciembre 2021

Columna Editorial. Diciembre 2021

¿QUÉ EDUCACIÓN?

En la última columna editorial del año queremos saludarles con una pregunta: ¿Qué educación?


						

Planteamos esta pregunta porque siempre, pero especialmente en este último año, se habla mucho de “la importancia de la educación” y parece que desde los más diversos sectores se ha reconocido el valor de la escuela de cara al porvenir.  

Los tiempos de pandemia han hecho pensar a muchos/as (especialmente a quienes antes no lo hacían) sobre el valor de la escuela y del trabajo docente. Hasta la derecha más reaccionaria -esa que en otros tiempos quería cerrar y cerró escuelas-, en los dos últimos años pidió a los gritos que “abran las escuelas”, aún en momentos en los que las condiciones sanitarias no eran seguras.

Entonces, ¿de qué educación estamos hablando?, porque, evidentemente, no estamos pensando lo mismo en ese idéntico acto de enunciación sobre su importancia.

Con el diario del último día hábil del año, hoy podemos ver con más claridad cómo todo el sector de la derecha trabajó incansablemente para posicionarse frente al sentido común como “la defensora de la educación”, planteando una serie de falsos dilemas que se instalaron burdamente desde los medios hegemónicos como, presencialidad sí o presencialidad no, evaluación sí o evaluación no, pasantías en secundaria sí o pasantías en secundaria no. Grandes temas para debatir que fueron intencionalmente reducidos a falsas dicotomías para ubicar rápidamente de un lado o del otro a quienes resuelven la ecuación de manera reduccionista como si acá nada hubiera pasado y a quienes trataban, por otro lado, de profundizar la reflexión sobre la complejidad de las diversas situaciones problemáticas, agrego, en tiempos de pandemia.

En este armado político-mediático, parecen quedar del lado de quienes “no valoran la educación” y encasillados en el “cerraron las escuelas por dos años”, quienes, en lugar de exigir a ciegas la presencialidad, planteaban analizar todas las condiciones necesarias y reclamaban los requisitos básicos para poder habitar los espacios físicos de las escuelas minimizando los riesgos sanitarios y garantizando la salud y la vida de las comunidades educativas.

También parecen quedar de este lado de los/as que “no valora a la educación”, y encasillados/as en el “no quieren ser evaluados”, quienes plantean la necesidad de pensar en otros modos de evaluación, que atiendan a las condiciones y reconfiguraciones impuestas por la pandemia, y no aceptar sumisamente la imposición de las pruebas estandarizadas que no sólo desconocen las grandes desigualdades sino que además las profundizan al no tener en cuenta las tremendas diferencias existentes entre los sectores de estudiantes que pudieron contar con medios suficientes para la continuidad pedagógica en tiempos de pandemia y quienes no contaron con ellos.

Para completar el esquema de la falacia, también se estigmatizó educativa y socialmente, a quienes vieron en el proyecto impulsado desde la derecha acerca de las pasantías laborales para jóvenes, un nuevo modo de explotación laboral y precarización planificado desde la perspectiva empresarial, donde se convoca a la juventud como mano de obra barata y se olfatea un nuevo nicho para la maximización de ganancias para el capital. Acá también se da la paradoja de que los que por un lado reclaman más contenidos de lengua y matemática porque “en las pruebas salen cada vez peor”, o “más presencialidad en las escuelas”, son los mismos que están pensado en sacar a los jóvenes de las escuelas para que último año del ciclo lectivo lo cursen en empresas dónde lo que seguramente podrán conocer son las leyes del mercado y las consecuencias de la flexibilización laboral; además de hacerles ocupar un puesto de trabajo en el que seguramente debería estar otro/a trabajador/a con todos los derechos laborales reconocidos.

Lo urgente entonces, es ver cómo se desenmascara esta supuesta “importancia” que la derecha le otorga a la educación o, mejor dicho, describir qué les importa a ellos de la educación, y diferenciarla de esa “otra importancia” que nosotros sostenemos, esa importancia que parte, como condición sine que non, por definir a la educación como un derecho social y humano, y que a la vez asume la necesidad de repensar no sólo las condiciones de la presencialidad, la evaluación y la relación educación-trabajo, sino también el currículum para los nuevos tiempos y la incorporación crítica de las tecnologías, la formación docente inicial y permanente partiendo de las experiencias vividas, las condiciones laborales adecuadas para resignificar los puestos y proceso de trabajo docente, las nuevas formas de “lo escolar” y los vínculos con las comunidades, el financiamiento del Estado, la defensa de la educación pública y la lucha contra la privatización-mercantilización, entre otras tantas cuestiones.

En gran parte, sobre eso radica la importancia que se pretende dar a la educación desde los lugares que resisten a este nuevo embate que la derecha está dando a escala global. Es decir, en poder pensar colectivamente un proyecto educativo nacional de cara al porvenir en clave de derechos, igualdad, justicia y solidaridad. Pero el problema también está en que gran parte del sentido común entienda la diferencia. Ese sentido común que, en realidad, no existe, porque está en disputa.

Miguel Duhalde

Secretario de Educación CTERA

Buenos Aires, 30de Diciembre de 2021. Columna Editorial XXXIV

 

 

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