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LA ORUGA SOBRE EL PIZARRON

Mostramos a continuación fragmentos del libro de Eduardo Rosenzwaig, "La Oruga y el Pizarrón", acerca de la vida de Francisco Isauro Arancibia.

LA ORUGA SOBRE EL PIZARRON

Suplemento Digital de la revista La Educación en nuestras manos N° 23; septiembre de 2005

Para imponer el proyecto educativo iniciado el 24 de marzo de 1976, se necesitaba la muerte de un maestro. Para legalizar el desguace de la Nación, y miles de millones de dólares desaparecidos, se empezó robando a ese mismo maestro un par de zapatos nuevos. Si a las nuevas generaciones debe educárselas en la dignidad, se requiere no poner una bandera de remate sobre los recuerdos. Esta es la vida apretada de un maestro, Francisco Isauro Arancibia, uno de los fundadores de la CTERA, al que se robó el par de zapatos. Este texto es un intento de rescatar de los forajidos los zapatos robados. Para entonces retornarlos. No es justo que un maestro ande descalzo por el cielo.
Ver Indice del Suplemento Digital N° 23

Por Eduardo Rosenzwaig
Ediciones del pensamiento Nacional: Buenos Aires; 1993
(Fragmentos)

Cap.1: El acta
24-III-1991 (23 horas, 10 min.)


El escritor puso una hoja en la máquina de escribir, y del anfiteatro mecánico empezaron a saltar las primeras letras sobre el papel.

"Este Acta guarda en su inocencia burocrática, ignorante objetividad y siniestra hipocresía, todo aquello frente a lo que el maestro había combatido en su vida”.

El sitio en el que el Acta se levanta es la ciudad de San Miguel de Tucumán. ¿Era necesario aclarar que perteneciente al Departamento Capital? Sí, pues el Orden no olvida jamás los detalles superfluos. Es su función: a los veintinueves días del mes de marzo del año 1976. Es decir cinco días después de un golpe militar. Nueve más veinte es ventinueves. En una provincia donde el lengua popular suele eliminar las eses de los plurales, aquí por el contrario, lo agrega donde no corresponde. Veintinueves es el certificado de que el Acta ha sido escrita por un funcionario público de jerarquía o que aspira a serlo, un agente del orden, un garante de nuestra con-vivencia social. Alguien ubicado por sobre todos nosotros. Un tal Villarreal, Comisario Principal jefe de la Comisaría seccional Primera de Policía. Este es el discurso del Orden.

El Orden se constituye en la sede de la Agremiación Docente, siendo las diez y nueve horas. Constituirse es la Constitución misma: "1853", Alberdi, la organización nacional. El fin de a anarquía, el nacimiento del orden constitucional a las diez y nueve horas. Calle Congreso docientos noventa y cinco. Ha demostrado su superioridad agregando una "ese" al veintinueve, el esfuerzo lo ha resentido de tal forma que le quita ahora otra al docientos. El docientos descubre a hombres que vienen de abajo y sirven a los de arriba, a los veintinueves. Son brazos, ejecutores y prolongaciones de otros que hablan con eses.

El poder, en este caso el Comisario Principal, se constituye en compañía de... Es decir, cuenta con ordenanzas, sujetos auxiliares como Paz que trabajan para él, y otro agente que tiene que llamarse Medina forzosamente. Medina está de consigna y pertenece al Departamento de Investigaciones, o sea a una oficina que investiga para conservar el orden.

Aún no sabemos con qué objeto el grupo llega a este sitio, pero el discurso actúa como certificado de que aquí se constituye la seguridad, la investigación y la legalidad. Con este tono serio, incuestionable, entra a una habitación que era ocupada por los extintos Francisco Isauro y Arturo René Arancibia. Dos sujetos de los que no se da otra filiación. El Acta, exasperantemente detallista como para detenerse en la obviedad geográfica, Departamento Capital, no lo es cuando se trata de seres humanos. ¿Por qué existieron? ¿Para qué? Estos extintos pudieron morir del corazón, una borrachera o una indigestión, jamás asesinados. La palabra extintos deja de lado cualquier sospecha. Es neutra, barre con todo estado de ánimo o presunción sobre las muertes. Nos llega del verbo extinguir y se usa en Argentina y Chile por muerto o fallecido. Extinguir es hacer apagar el fuego o la luz; un extintor es un aparato que sirve para extinguir pequeños incendios. Un muerto no es un extinto. Un muerto nos saca de quicio, un extinto es una luz apagada, un pequeño fuego sofocado, algo que nos adormece. En algún momento de nuestra historia americana, las oligarquías debieron imponer la palabra extinto no usada en España. Para neutralizar los crímenes o por temor, estos países se llenaban de extintos, de hombres que no morían sino que se extinguían. Generaciones de sumariantes heredaban y testaban a sus sucesores la palabra. Heredar un extinto era empezar a ser un veintinueves, alguien con poder.

Recién entonces nos enteramos del cometido para el que arriban los constituidos, nos los representantes del orden, en cumplimiento de pactos preexistentes con el objeto de afianzar la justicia, consolidar la paz interior, y levantar un inventario de los bienes de los extintos. Con la descripción y enumeración de los objetos, el orden concluye su tarea, y por lo tanto finaliza el ACTA. Ha cumplido. De las vidas apagadas seguimos sin saber nada. Deberíamos ser arqueólogos para intentar reconstruir parte de la imagen de ellos a partir de los objetos detallados. No obstante, su clasificación detallada otorga un aspecto de orden a la habitación. Nadie puede suponer que aquí ha ocurrido algo fuera de la normalidad. De hacerlo, estaría prejuzgando.

Estos extintos son pues extintos plenos. La seguridad pública llega y constata la armonía de la extentividad. Dos roperos, ropa, corbatas, libros, revistas varias, etcétera. A más, los dos extintos no debieron tener ninguna relevancia. Los objetos de la habitación lo demuestran. Sus nombres nada tienen por detrás, ni oficio, ni emociones, ni vida anterior o número de identidad. Francisco Isauro ni siquiera tiene apellido. Es extinto pleno, anónimo, visceral, inferior al orden de los vegetales y de las piedras. No posee uso ni función determinada. Todo lo contrario, Villarreal es Comisario Principal, Carlos Antonio Paz ha sido vestido de Oficial Auxiliar y Armando Medina es un agente del Departamento de Investigaciones. Seres con funciones públicas, protectores de la sociedad, de actividades no subterráneas ni sospechosas. Relevantes.

El Acta certifica la eficacia de los tres agentes. Es un mensaje publicitario, más, la cumbre intelectual de la politeia o gobierno de una ciudad, es decir la policía, administración encargada del orden público. Este Acta es su "libro de libros", la síntesis de la Ciencia de los brazos ejecutores de la ley.

El Francisco Isauro del Acta fue un maestro. Y aunque el Acta no lo diga, podemos adelantar que como tal, enseñaba a los niños que veintinueves se escribe sin "ese", que a docientos le falta otra ese, y que tohalla no necesita de la hache. De nuestro bolsillo podemos agregar que el maestro inició una larga protesta contra los gobiernos, explicando que si había hambre entre los niños, y las escuelas no tenían tizas ni techos, inevitablemente ocurrirían esos errores ortográficos; que otra gran parte de ellos ni siquiera sospecharía jamás de la existencia de las letras ese y hache. Después concluyó que a los niños había que educarlos también en la verdad, que decir asesinado no es lo mismo que pronunciar extinto. Que la ortografía tiene tanta importancia como la justicia. Predicó entre los maestros, y les dijo que si vivían en las condiciones de los animales no podrían educar como hombres. Entonces los maestros se agruparon alrededor de él. Luego se transformó en un extinto. El Acta expresa, de una manera no convencional, todo aquello contra lo que luchó. Es asimismo la radiografía de quienes no soportaron que hablara con claridad, que actuara sin compromisos, edificando su propia libertad. El Acta fue escrita por un niño al que él no pudo terminar de educar. Ni con las eses, ni con la verdad. Es el espíritu, el estado de ánimo, la voluntad y el pánico de quienes lo apagaron.

Francisco Isauro Arancibia no es un extinto, sino un extirpado por el Acta. Alguien a quien arrancaron desde las raíces. Pero no hay planta que no deje semillas. Para cuando germinen, un orden que hable más sencillo, con menos errores, fórmulas herencia y muchísima más verdad, vendrá a hacer justicia al Acta. Hará valer las enmiendas porque ello es legal, y donde dice extinto pondrá la palabra maestro. No hará falta más."

Cap.27: Final del Acta
25-III-1991 (04 horas, 30 min.)


El escritor se concentró en el inventario levantado por el ACTA del día veintinueves. Escribió:
"Si no supiéramos nada absolutamente del muerto, con esos objetos deberíamos reconstruir su figura. Se trata simplemente de un trabajo arqueológico. No hay automóvil, ni moto ni bicicleta propia. El hombre tuvo una cama metálica y un colchón del mismo tipo. Es decir antiguos; `dos almohada', sin ese, tres trajes, tres sacos y un piloto color celeste. El color no va con ningún traje. El hombre no iba a fiestas de gala. De lo contrario hubiera tenido pilotos a tono con los trajes. Dos roperos de madera en la época de los placards, indican una habitación antigua. Dos estuches vacíos de máquinas fotográficas, pueden significar que los que cometieron el asalto los robaron. ¿Para qué quería el hombre un anteojo larga vista? ¿Amaba mirar a lo lejos, él, que no podía moverse de su provincia? Una valija color crema: el hombre casi no viaja. Si lo hiciera no sería con alguna amante. La valija es demasiado pobre y fea. Cuatro compases y un tiralíneas: el hombre pude ser un estudiante, un maestro o un profesor. Treinta y seis discos grandes musicales tienen poco valor. Se usan y rayan, pero al hombre debió gustarle la música. Un mueble con estantes conteniendo libros: le satisfacía leer. Pero no se dice qué cosa lee, no se aproxima ningún título. Al autor del Acta le interesa la cantidad, para él no existen calidades. Un libro es cualquier libro.

Un par de chinelas: el hombre dormía allí, quizás hasta vivía allí en esa pieza dormitorio, estudio, sala de música todo junto. A más, diecinueve (diez y nueve) camisetas y veinte camisas. ¿Por qué tantas camisetas y camisas? Podemos suponer que el clima del lugar es caliente, el hombre trabaja mucho afuera, transpira y necesita cambiarse seguido de camisetas y camisas. Tiene un trabajo que lo obliga a hacerlo, quizás estar constantemente con gente. Puede ser soltero, ensucia dos camisas y camisetas por día en los calientes veranos y el domingo lava las doce prendas. Es un maestro o profesor pobre, quizás un dirigente. Es obvio que no lo mataron para asaltarlo, nada hay que indique que allí hubiese algo de valor. Podemos entonces suponer al revés, lo mataron porque no tenía nada. Si fuera un dirigente, ello demostraría que no se vendió al poder ni una sola vez. Esto genera odios casi animales, porque contra hombres así es difícil luchar. Los que así pensaban debieron concluir que un hombre con ese inventario era peligro público, un delincuente social, un terrorista. Un hombre así no merecía vivir y lo mataron."
Cap.28: La luz del día
Miércoles 24-III-1976 (02 horas, 33m )


Cuando el jefe dio otra vez la orden de partida, el policía cara de cobre estaba por bajarse del auto y volver a su casa. Acababan de transmitir que el maestro había regresado al gremio. El policía esbozó una sonrisa amarga, deforme, ¡justo ahora! ¿A qué tenía que volver ese estúpido? Los tres Falcon arrancaron a toda velocidad. Las batallas hay que concluirlas rápido. Frenaron de golpe sobre la calle Congreso al 200, a la que se acababa de dejar sin luz. Seguía lloviendo.

Isauro estaba recostado en la cama cargando suave, tranquilamente las escopetas. Cuando oyó las frenadas, algo lo empujó y se vio niño cazando tordos, su madre que le acariciaba la cabeza, vas a ser un buen maestro le decía, sí mamá, ¿llevás compás?, sí mamá, ¿y el tiralíneas?, sí mamá, Castelli también tenía madre cuando comandaba hombres libres en el Altiplano. ¡Saltá! le gritó a Arturo, ¡saltá Arturito por el amor de Dios, andáte con mamá, decíle que tengo el compás y el tiralíneas, saltá!, pateaban la puerta. Belgrano murió de un vómito de sangre porque amaba a su pueblo, él lo amaba, amaba la vida ¡carajo!, como Moreno cuando vio el mar, y desde chico decidió dormir con la cabeza hacia el lado que iba, apuntó la escopeta a la puerta, en esta estación me bajo, en las grandes alamedas con olor a verde, y entonces disparó como los hombres de los textos escolares, mamá ya soy maestro, ¡soy un maestro!, fue como una luz enorme, como si se hubiera hecho de día.

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