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DONDE MURIERON LAS PALABRAS

Lo no escrito de la prensa escrita, antes, durante y después del 24 de marzo de 1976
Nota de opinión de Carlos Ulanovsky, periodista, para la Revista Canto Maestro nº11

Cada uno tendrá situado el principio de esta auténtica película de terror, que vino a meterle desazón y pesadilla a nuestras vidas. El inicio de la mía data de 1972. Integraba la redacción de La Opinión cuando una tarde aquellos pisos en donde trabajábamos se dieron vuelta de angustia y perplejidad. Nuestro amigo y compañero de tareas Andrés Alsina figuraba como uno de los detenidos en un procedimiento vinculado al secuestro del empresario Oberdán Sallustro. El ejecutivo estaba retenido por un grupo del Ejército Revolucionario del Pueblo, a la espera de una negociación para obtener un rescate, cuando los captores ( entre los que estaba Andrés) fueron descubiertos no recuerdo si por la policía o por el ejército en lo que se denominaba "una casa operativa". Aquello fue un antes y un después por varias razones: de ahí en más y, por años, nunca dejé de tener miedo, nunca dejé de escuchar en cada una de las redacciones por las que pasé conversaciones paralizantes en relación a las consecuencias de la represión que cada día iba en aumento en cantidad y perversión, nunca abandoné la sensación de que yo también podía caer en medio de aquella violencia desatada. En esa ocasión escuché por primera vez la palabra rastrillaje de la que cuando solicité una explicación me dijeron: "Quiere decir que van a pasar casa por casa". La promesa no se cumplió exactamente, pero con la cantidad de casas visitadas y arrasadas lograron expandir una abrumadora sensación de indefensión. Por todo eso, pienso que el 24 de marzo de 1976 no se entendería cabalmente si no se sobrevuelan inicialmente algunos de los tinglados sobre los que estaba montada la realidad desde la muerte de Perón, en 1974. Trataré, también, de contarlo desde lo personal.


A fines de 1973, algunas revistas de ultraderecha habían comenzado a atacarnos al grupo de la revista en la que trabajaba, una del género humorístico, llamada Satiricón: menciones agresivas y descalificantes, cada vez menos esporádicas, estigmatizaciones de profunda raíz ideológica e incluso de índole antisemita. No podría decir que no tenía nada que ver. Estaba instalado en una vereda del pensamiento muy reconocible ,aquella que buscaba cambiar el mundo que conocíamos por otro más nuevo, y mejor ; participaba de la generalizada idea de la ilegitimidad de todos los gobiernos, empezando por los elegidos democráticamente y de calificar como "traidores" o "enemigos" a todos aquellos que no pensaban como nosotros; descreía de las posibilidades transformadoras de la democracia, consentía ciertas formas de violencia, que hoy deploro, en el entendido de que había algunas muertes buenas y otras malas. Para ser sinceros: se lamentaba la muerte de un colega o de un militante pero secretamente se celebraba la de un general o de un empresario explotador del pueblo. Sin pertenecer formalmente a la organización colaboré, desde un programa de radio, en un espacio que manejaban los montoneros desde el Ministerio de Educación (cosa que yo no desconocía desde que acepté realizar la actividad) y es por eso que desde hace tiempo pienso que, por una cierta mirada y por el ejercicio de una forma de crítica, fui uno de tantos que a fuerza de escepticismo, torcido pronóstico político , militancia festiva e intolerancia echó leña al fuego en donde se hicieron cenizas tantas cosas valiosas. Y que aquella dolorosa equivocación merece hoy mi más firme autocrítica. Las organizaciones armadas - a la que antes de una prohibición definitiva, los diarios solo podían, primero, mencionar con minúsculas, y luego con un eufemismo extraordinario: "La organización declarada ilegal en primer término", en el caso de Montoneros -estabanlanzadas a la discusión del poder, jaqueaban al establishment con sus atentados y exigencias y estaban metidas en casi todos lados. Las fuerzas armadas y sectores de la derecha y la ultraderecha civiles basaron en el terror sus respuestas operativas: la represión legal, que duró muy poco tiempo, se transformó en ilegal y los métodos de terror en un asqueroso terrorismo de estado cuyos efectos no se han terminado de diluir hasta estos días.


En esos años no pasaba un día sin que nos enteráramos de alguna amenaza o clausuras a publicaciones o medios, de secuestros y asesinatos, de censuras y autocensuras, de exilios y persecuciones. Igual que en el afuera, adentro de las redacciones se trataba de seguir pensando que no pasaba nada o que lo que sabíamos que ocurría terminaría en un par de meses. Con el humor, la ironía y el desparpajo que supo caracterizarnos se intentaba disimular "la persecuta", pero inevitablemente y en voz baja , siempre llegábamos a los mismos temas: muerte y miedo. Miedo y muerte. Esos diálogos se iniciaban así:" ¿Te enteraste de lo que le pasó a...?..." Sí, se lo llevaron... lo sacaron de su casa... lo encontraron en los bosques de Ezeiza con los brazos atados atrás y con 15 balazos...". Al director propietario del diario El Día de la Plata lo habían secuestrado y matado clandestinos pertenecientes al Ejército Revolucionario del Pueblo. A los periodistas de La Opinión, Pedro Leopoldo Barraza y Jorge Money, los había liquidado la Triple A que desde 1974 se había revelado como brazo armado e ilegal del poder democrático. Cuando decidí irme del país, en noviembre de 1974, el gobierno de Isabel Perón acababa de dictar la clausura por inmoral de Satiricón, la revista de la que era subdirector y en una revista montonera se publicó, con lujo de detalles al que hoy califico de inútil e impúdico, el secuestro y asesinato de Aramburu. A mí el terror me había movido el piso y decidí poner un poco de distancia, porque, imaginé, con la perspicacia política que siempre me caracterizó, que esto en un par de meses aflojaba. Pero faltaban varios meses para agosto de 1975 cuando, desde el exterior en donde residía desde 1974 por amenazas, Tomás Eloy Martínez publicó en La Opinión un registro memorable del sentimiento colectivo de aquél entonces, la crónica titulada El miedo de los argentinos, que en el fondo era un conmovedor intento de apaciguar las cosas y de parar la mano. No fue así, y el miedo siguió en aumento, porque no sólo se nutría de bombazos y atentados: los efectos del llamado Rodrigazo, de mediados de 1975, sembraron el terror porque por primera vez la malaria económica se hacía sentir en las capas medias ("pequeño burgueses", se decía entonces) de la población. No sólo los zurdos y los subversivos temían ser puestos en el paredón.


Por aquellos meses previos al golpe del 76, "La Opinión", de Jacobo Timerman, no era el único diario mirado con lupa. Clarín y La Nación habían sufrido atentados, El Cronista Comercial severas miradas oficiales, los matutinos El Mundo( del ERP) y Noticias (de los montoneros) clamorosas persecuciones que terminaron en sus clausuras. El popular Crónica sufría permamentes acusaciones del gobierno, intentos de asfixia económica, destrucciones nunca aclaradas y salidas de circulación por decreto.

Día por día
En los primeros meses de 1976 la preparación de la asonada militar que derrocaría al inseguro y acorralado gobierno de la viuda de Perón -que en los últimos meses también había debido entregar a dos de sus piezas claves, José López Rega y su yerno Raúl Lastiri- era, como bien se dijo, un secreto a voces y articulado y sostenido por algunos medios, en especial, el popular vespertino La Razón. Sus ediciones del 2 al 23 de marzo de 1976, y en especial sus titulares de tipografía catástrofe, constituyen uno de los más oscuros capítulos del periodismo argentino.
Durante un mes seguido hablaron del golpe que se venía, pero sin mencionarlo, como bien interpretó Rodolfo Terragno en la revista Cuestionario, una digna publicación que había aparecido en 1973. El 19 de marzo señalaron: "Culmina el proceso"; el lunes 22 encabezaron con un "Ante jornadas decisivas" y el martes 23 lapidaron: "Es inminente el final. Todo está dicho". En la madrugada del 24 de marzo, las Fuerzas Armadas destituyeron a la presidenta, la mandaron detenida a una residencia del sur e iniciaron lo que denominaron con otro de los grandes eufemismos de la historia contemporánea argentina: Proceso de Reorganización Nacional.Ya en ese momento, yo estaba de regreso en la Argentina luego de un año y medio de ausencia. Fui testigo presencial de un sentimiento predominante en la sociedad argentina: igual que en muchas ocasiones anteriores, se veía a la posibilidad de un nuevo trámite ilegítimo -el golpe de estado- como la manera de sacarse de encima a un gobierno que a pesar de haber sido elegido se había tornado en muchos sentidos ilegítimo. Muchos pensaron entonces que la llegada de los militares al poder sería un alivio a un grado de violencia en aumento, insoportable o una alternativa o una salida posible. Es que los pactos de convivencia y de confianza, básicos entre cualquier sociedad y el sector a la que ha delegado la misión de gobernar, estaban absolutamente en crisis. Pero en los años siguientes, como nunca antes en la Argentina, esos indispensables convenios tácitos se hicieron trizas, definitivamente. Otros veían en el golpe la posibilidad de agigantar las contradicciones del sistema y de dar la pelea en otros terrenos. En las redacciones, en voz baja, también había muchos quesostenían que lo que vendría sería algo desconocido para la Argentina: "Ustedes no conocen a estos militares. No imaginan lo que se viene aquí, será una respuesta terrible" le dijo Rafael Perrota, por entonces director de El Cronista Comercial, a algunos periodistas de su redacción, que lo escuchaban entre azorados e incrédulos. Perrota sufrió en carne propia lo que vino y todavía es uno de los periodistas desaparecidos.Y el 24 sonó la marchita
A partir del 24 de marzo de 1976 "Los diarios entraron en cadena. Todos publicaban exactamente lo mismo: comunicados oficiales, sin el menor agregado, sin la más tenue opinión", editorializó Rodolfo Terragno en su revista Cuestionario. Para Terragno, los diarios venían, en general, de ensañarse con el gobierno de Isabel, del mismo modo que habían procedido con impiedad con el de Illia. Y ahora se encuadraban con sumisión frente al gobierno militar, tal como se habían mostrado colaboracionistas en el arranque de la gestión de Onganía en 1966. Solo unos días después del golpe, el 1¼ de abril, la revista Gente publica su editorial Gente se equivocó, desde el que aludía a ciertas notas aparecidas durante el gobierno peronista, entre 1973 y 1976, y que ahora la empresa, Atlántida, evaluaba como demasiado permisivas o favorables a un estado de cosas que, en el fondo, nunca habían apoyado.Aunque en el marco de una censura inflexible, algunos medios intentaban poner en práctica el viejo aserto de los tiempos difíciles: publicar lo más de lo menos permitido. A los altos mandos les irritaba la sección Cronología (entresacada de lo poco que publicaban los diarios, en especial La Opinión, La Prensa y The Buenos Aires Herald) que ofrecía el mensuario de Terragno. En la edición de mayo de 1976 se menciona a 51 muertos pertenecientes a lo que se denominaba el campo de la guerrilla; once eran de las fuerzas de seguridad y había también seis "civiles", empresarios, comerciantes.
Fue Cuestionario el único medio que publicó un documento en el que los militares delimitaron el universo de lo publicable y de lo no publicable. Como decía el inciso 1: "Inducir a la restitución de los valores fundamentales que hacen a la integridad de la sociedad, como por ejemplo: orden, laboriosidad, jerarquía, responsabilidad, idoneidad, honestidad, dentro del contexto de la moral cristiana". Pero desde antes diarios y revistas sabían que tendrían que poner sus barbas en remojo: "Será reprimido con reclusión de hasta diez años el que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales", prometía el comunicado 19 de la Junta Militar. Y no era que una transgresión condujera a un reto, una dura advertencia o una clausura: se sabía que cualquier desobediencia o desafío podría costar la vida. El libro Con vida los queremos que la UTPBA editó en 1986 como homenaje a los periodistas desaparecidos menciona que entre marzo y junio de 1976 se conocieron más de 20 asesinatos y desapariciones de periodistas y que en todo ese año los casos suman 43. Adentro de cualquier redacción la sospecha se multiplicaba, los vínculos se cortaban y, en tono de funesto cuchicheo, se pronunciaban frases de esta clase: "Cayó"; "Lo reventaron"; "Perdió"; "Lo fueron a buscar"; "¿Supiste a quien se llevaron?"; ¿Tenía que ver?, ¿Andaba en la joda? ¿Estaba metido?. Por ser un nuevo o antiguo militante, por guerrillero o por figurar en alguna agenda, los periodistas pasamos a integrar el ejército de los chupados, una palabrita argentina que, con 30 mil desaparecidos sobre sus espaldas recorrió el mundo y alcanzó triste celebridad.¿Y ahora qué hacemos?Directores y periodistas en actividad de aquellos aciagos tiempos recuerdan que en las jornadas siguientes al 24 de marzo -algunos afirman que fueron sólo dos días; otros, aseguran que la situación se prolongó casi dos semanas- los militares establecieron un férreo sistema de censura, a cargo de personal de inteligencia del Ejército y de la Marina establecidos en una oficina de la Casa Rosada, de denominación francamente surrealista: Servicio Gratuito de Lectura Previa. Eso, más la circulación de las noticias sobre la muerte y desaparición de periodistas en actividad, originó una fuerte autocensura. Por aquellos días, yo quería más salvar el pellejo que salvar al periodismo. Y eso me colocaba mucho más cerca de la indignidad que de la dignidad.
En los meses siguientes al golpe, dejan de aparecer el diario peronista Mayoría, luego de 1131 salidas a la calle. También baja la persiana la revista Cuestionario y sus directores, Terragno y Miguel Angel Diez, se exilian en Venezuela; con apuro, por obligación y con pena por la decisión culmina una etapa la excelente revista cultural Crisis y su director propietario, el empresario y coleccionista de arte Federico Vogelius es secuestrado y salvajemente torturado. Son muchos los periodistas que se marchan al exilio y otros que para salvarse se borran en el interior del país. Muchos son los que resisten desde la militancia armada, con suerte diversa. María Victoria Walsh, que había integrado la redacción de La Opinión, cae en un enfrentamiento armado en Villa Luro y su padre Rodolfo Walsh escribe desde su dolor su texto Carta a mis amigos. En ese momento, en una agencia de noticias de funcionamiento clandestino, llamada ANCLA, Walsh y otros militantes difundían noticias y documentos que no aparecían en los medios. El periodismo está tan triste como el país, repleto de muertes, vacío de esperanzas. Paradójicamente, en ese mismo 1976, reaparece la revista Panorama, irrumpe La Semana, creación de Jorge Fontevecchia, Julio Ramos y colaboradores arma el proyecto de Ambito Financiero y sale El Expreso Imaginario, una publicación que marcaría con fuerza a una generación completa de sobrevivientes. ¿La vida continúa más allá del pelotón de fusilamiento?: algo así, algo así. En aquellos tiempos participé de varios proyectos, en los que inevitablemente tropecé con el miedo. En marzo de 1977, para evitar más problemas, volví a irme del país hasta el 83. Cuando me fui, un amigo dibujante y humorista me regaló un dibujo con la leyenda: Soldado que huye, sirve para otra guerra. Acertaba el hombre, porque me sentía un torpe irregular en riesgo que se tomaba el raje pero sin saber si aquello serviría o no. Y mucho menos si deseaba participar de alguna futura guerra. En aquél libro editado por la UTPBA escribo sobre un querido periodista desaparecido: "Cuando regresé a vivir a la Argentina, en enero de 1983, tardé algún tiempo en ir a una ronda de las Madres de la Plaza de Mayo. Aquél jueves en que los periodistas marcharíamos junto a ellas para reclamar por la aparición de todos los compañeros desaparecidos, hacía mucho calor. Para quien como yo nuncahabía estado en una movilización semejante lo más estremecedor era percibir el doloroso compromiso de los participantes, la expresividad de esa caminata bajo el sol llevando el cartel con el nombre del familiar, del amigo, del colega.
En un momento se me acercó una compañera y me pidió que le llevara la pancarta. Miré el nombre, casi con un poco de miedo, y vi que era el de (Enrique ) Raab. Seguí caminando, cada vez más ahogado por la alta temperatura, pero también embargado porque junto a mí rondaban mis últimos 20 años en los que Raab había tenido una presencia importantísima para mí. La pancarta con su nombre y apellido me anoticiaba oficialmente de su desaparición, acaso también hasta de su muerte. Y eso era mucho más de lo que se podía soportar en una desoladora tarde de verano".

JOSE LUIS
El crimen de José Luis CABEZAS no debe ser interpretado solamente como una bandera de lucha relacionada con el atropello a la libertad de prensa, un ataque a la profesión periodística o una amenaza a los trabajadores de la información.Este crimen debemos inscribirlo en la memoria colectiva como una aberración más producida por el accionar criminal de sectores acostumbrados al amparo de la impunidad. No debe aislarse como si se tratara de un hecho novedoso. Restarle el amparo de la historia implica condenarlo a la soledad, desabastecerlo de antecedentes.
Para tener presente el crimen de CABEZAS hay que apelar a la memoria. Tristemente, CABEZAS ha pasado a integrar una gran lista de nombres, imágenes, ideas y palabras, cercenadas desde el aparato del estado, ayer, o desde la impunidad del indulto, hoy.La memoria reclama no olvidar nuestra historia de horror, para no olvidar a CABEZAS.
NO NOS OLVIDEMOS DE CABEZAS

Extracto de la Entrevista de la reportera Italiana Oriana Fallaci al Presidente Galtieri y publicada en la revista Cambio 16 el 1 de junio de 1982.

Gral. G.: Las cosas han cambiado desde la Segunda Guerra Mundial: los imperios han caído y la mentalidad de la gente ha cambiado tanto en un sentido individual como nacional. O sea, se ha descubierto la libertad. Pero todavía quedan restos de ese imperio y de comportamiento imperialista, trazas de colonialismo. Todo lo cual es inadmisible en una era civilizada como la nuestra. Había que rebelarse.
O.F.: Santas Palabras, señor presidente, pero suenan un tanto extrañas al oírlas pronunciar por usted, el representante de un régimen que no sabe qué hacer de la libertad y además la mata. La suya es una dictadura, señor presidente, no lo olvidemos.
Gral. G.: Yo no la llamaría dictadura. Aquí la gente habla más que en un régimen democrático. El régimen no es democrático, estoy de acuerdo. Pero no es ni siquiera duro como en otro países, que se definen como democráticos.
O.F.: Señor presidente, dígame: ¿no le gustaría pertenecer a un país más querido, más respetado, donde existiera una democracia y la gente pensara, hablara, viviera sin ser asesinada por cualquier capitán Astiz?
Gral. G.: La democracia es la máxima aspiración del presidente Galtieri, de su familia y creo que de la mayoría de los argentinos. De hecho, la vida democrática se restablecerá pronto en la Argentina: la ley sobre los partidos políticos ya ha sido promulgada por el Gobierno y saldrá el mes próximo. Será el primer paso hacia la normalidad que auspicia y en ese momento las Fuerzas Armadas no deberán ejercer más el papel que ejercen hoy. Hay que tratar de entender por qué ocurren ciertas cosas aquí y por qué los militares han debido tomar siempre las riendas. Problemas que incluyen una brusca inmigración a comienzos del siglo. realidades sociales que provocó esa inmigración y que aumentaron por la recesión mundial de 1930, el desarrollo demasiado rápido de una industrialización que nunca ha sido bien absorbida...
O.F.: Sí pero ¿cómo se hace para establecer, casi inventar una democracia después de que miles y miles de opositores han sido masacrados, es decir, después de que el país ha sido privado de tantas vidas jóvenes, de tantas mentes frescas? Y si de verdad le gusta la democracia ¿por qué sigue diciendo que las urnas electorales están a buen resguardo en el sótano?
Gral. G.: Porque lo están a buen resguardo en el sótano para ser usadas de nuevo. Si no hubiese querido usarlas de nuevo las hubiera quemado ¿no? El error es que los periodistas toman siempre lo que les resulta más cómodo, o directamente cuentan las cosas de tal manera que el significado de una frase se trastoca totalmente. Pero déjeme responder a la pregunta acerca de las vidas jóvenes y acerca de las mentes frescas de las que se ha visto privado el país. Ellos no representaban a la oposición. No querían participar en ninguna oposición: querían el poder y punto, y querían alcanzarlo justamente con métodos que usted detesta. Pero basta con el pasado, señora periodista. Ocupémonos más bien del futuro.
O.F.: Bueno... el futuro me parece bastante oscuro para usted, señor presidente. Son muchos los que dicen que a causa de esta guerra usted no continuará siendo presidente, que sus días están contados.
Gral. G.: Mire, sin duda este conflicto tendrá también consecuencias internas. Para cada uno de nosotros, líderes en el poder y líderes que están naciendo, esto representa una fuente de replanteamientos que terminarán podando sus frutos. Se diría que a causa de las Malvinas la Argentina ha madurado de golpe. Muchas cosas cambiarán cuando regresen a casa los hombres que ahora están en la guerra, porque ellos están más dispuestos aún que los demás para una vida política que incluya la disidencia y la oposición. En cuanto a mí... he sido designado presidente hasta finales de marzo de 1984. Si me quedaré hasta esa fecha, no lo sé. Pero más bien creo que si.

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