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FUERA DE JUEGO

FUERA DE JUEGO

Nota de opinión del periodista Ariel Scher para la Revista Canto Maestro nº 11.

Todavía espanta: el Mundial de la memoria dolorosa fue inaugurado bajo "el signo de la paz" por el dictador Jorge Videla.Ocurrió el primero de los días de junio de 1978 cuando un sol mínimo entibiaba el estadio de River y el planeta entero esperaba que en la Argentina, tierra de fútbol y tierra de horrores, se pusiera a dar vueltas la pelota, ese país en el que caben todos los países. Videla exponía duro, fuerte, pronunciando un discurso estudiadísimo frente al más universal de los escenarios. "Aún es posible en nuestros días la convivencia en la unidad y en la diversidad", dijo también, erguido en el palco y de cara al césped, el jefe de un Estado que, precisamente, empezaba a ser célebre en el mundo por haber llevado adelante un proceso genocida para edificar unidades presuntas y cerrar cualquier diversidad. Un rato después, Videla ya no hablaba pero su impronta, como la de la lógica sojuzgante del Gobierno militar, controlaba todo. Eso sí: la pelota rodaba.La más brutal de las brutales dictaduras argentinas decidió casi desde el primer minuto de su imperio que el deporte jugara para su equipo. Lo quiso usar e, inclusive, trató de construirlo a su manera. Apenas unas horas después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, cuando la Argentina se podía resumir en una colección de proclamas de la Junta Militar que empezaban diciendo "se prohibe", las autoridades autocráticas difundieron su comunicado número 23, el único que no estaba destinado a prohibir sino a permitir. Lo que tenía permiso era la transmisión del partido que la Selección Argentina de fútbol iba a jugar contra la de Polonia en ese país. Así fue: en un contexto de crímenes, proscripciones, secuestros, desapariciones, encarcelamientos y el escudo nacional inmóvil en los aparatos de televisión, por un rato se vio fútbol. El hecho no resultó anecdótico ni respondió a una determinación fugaz. El deporte siempre estuvo en el centro de la mirada del poder dictatorial.Más o menos en simultáneo con la decisión de que aquel partido estuviera en pantalla, el Ejército y la Marina abrieron su disputa sobre quién se quedaría con el acontecimiento cumbre que aguardaba a la Argentina que se venía: el Mundial 78. El resultado de esa disputa no se publicó, naturalmente, en ninguna síntesis deportiva, pero observadores de la época certifican que la Marina, liderada por Eduardo Massera, ganó la batalla y tuvo el manejo político de un campeonato con gastos proyectados por 70 millones de dólares y erogaciones finales que orillaron los 700. El dato es impreciso porque el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), el organismo en el que la dictadura depositó la preparación del Mundial, nunca presentó su balance final.

Aunque no hubo ni un modo de jugar ni tampoco futbolistas asociados a las concepciones del poder, el Mundial 78 se convirtió en un hecho emblemático de los tiempos oscuros. Los militares procuraron que el torneo actuara como contracara del rostro horrendo con el que, fronteras afuera, se retrataba certeramente a la Argentina que ellos modelaban. Cuidaron más de un detalle y hasta contrataron a una consultora extranjera para definir de qué manera explotar políticamente el hecho. Sumaron aliados de peso. El entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, vino para la fase final del campeonato y distribuyó elogios hasta afirmar que "este país tiene un gran futuro a todo nivel". Joao Havelange, el brasileño que presidió la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol (FIFA) durante 28 años, no se quedó muy atrás. "Por fin el mundo pudo ver la verdadera imagen de la Argentina", exaltó. Sin embargo, el mundo no podía observar en vivo, en directo y en colores lo que acontecía, por ejemplo, en la Escuela de Mecánica de la Armada, centro enorme de torturas y asesinatos que, paradójicamente, funcionaba a pocas cuadras del estadio de River.


El 25 de junio, la Selección Argentina ganó el Mundial al vencer a Holanda por 3 a 1. El éxito permitió que las voces del Régimen transparentaran su visión del Mundial. "Debemos seguir jugando el gran partido del proceso nacional, en el cual el triunfo final va a depender no sólo del Gobierno, sino del esfuerzo y participación de cada uno de los argentinos", sostuvo el ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, quien no precisó con qué jugada del "gran partido" volvió gigante la deuda externa amasada durante su gestión. Aún más elocuente fue el marino Carlos Lacoste, vicepresidente del EAM 78 y "hombre fuerte" del fútbol en esas jornadas: "El fútbol ha sido un conducto para que con todo esto vuelva a empezar la grandeza argentina". Y el propio Videla hizo su parte en un nuevo discurso por cadena nacional: "Argentinos: hemos sido capaces de vencer a la insidia y al escepticismo. Seamos ahora también capaces, con la ayuda de Dios, de impulsar a la Nación en pos de sus objetivos permanentes". El manifiesto de Videla no aclaraba si esos objetivos permanentes consistían en la restricción de los derechos individuales y colectivos de la población.


El Mundial no sólo pesó por sí mismo. También representó una experiencia piloto. En setiembre de 1979, Argentina sumó otra consagración cuando la Selección Juvenil obtuvo el título mundial de su categoría en Japón. La victoria coincidió con la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, que llegaba para indagar sobre las denuncias presentadas a partir de la represión estatal. Mientras familiares de las víctimas marchaban en la Plaza de Mayo, voceros de la dictadura afincados en los medios convocaron a la población para ir al mismo lugar y "mostrarle a esos señores que los argentinos somos derechos y humanos", tal cual sonaba, patéticamente, una de las consignas oficiales. El fútbol, con sus bellezas y sus miserias, servía para todo.Después, quedó un intento más de jugar el juego que entrelazaba a la política con el fútbol. Fue en la antesala del Mundial 82, con sede en España. Testimonios de la época narran que existió una convocatoria a miembros conspicuos de las barras bravas para que viajaran y actuaran como fuerza de choque frente a las eventuales protestas de los grupos de argentinos en el exilio. Esta vez, hubo un obstáculo: el surgimiento de la Guerra de las Malvinas frustró el proyecto.Las autoridades deportivas, muchas de ellas encaramadas con el impulso de los propios dictadores, pasaron por esa etapa promoviendo bastante más que desentendimientos respecto de los servicios prestados al poder militar. Más de un dirigente aseveró la necesidad de "no mezclar la política con el deporte" como si eso fuera posible y, además, como si eso no hubiera sucedido, en su peor dimensión, en esos años.


Pero los lazos que atan a la dictadura y al deporte no se ciñen sólo a la pretensión de empleo político que el denominado Proceso le dio a ese vínculo. Por si las crueldades globales no fueran suficientes, al deporte le tocaron algunas específicas. El atleta tucumano Miguel Sánchez fue secuestrado de su casa de Villa España, en Berazategui, el 8 de enero de 1978. Desde entonces permanece desaparecido. Tenía 25 años, trabajaba en el Banco Provincia, había militado en una unidad básica de su barrio, escribía poemas que sonaban a esperanza y palpitaba una vocación infinita por correr carreras de fondo. El futbolista Claudio Tamburrini, arquero de Almagro, estuvo cuatro meses detenido en la Mansión Seré, un centro clandestino regido por la Aeronáutica, desde donde escapó junto a tres compañeros en una fuga que, con detalle y dolor, narró en el Juicio a las Juntas de 1985. El escritor y periodista Roberto Santoro dejó para el deporte su maravilloso libro "Literatura de la pelota", en el que compiló textos de fútbol como nadie lo había hecho. Está desaparecido desde el 1¡ de junio de 1977, justo un año antes de la apertura del Mundial.A Claudio Morresi, ex futbolista y actual entrenador, un comando militar le quitó a su hermano Norberto. Morresi siempre supo articular su condición de jugador de talento con la pelea personal y colectiva para reclamar justicia. En 1996, cuando se cumplieron veinte años del golpe de Estado, escribió uno de esos textos que logran contar lo esencial. Dice en los últimos párrafos: "El 24 de marzo de 1976 comenzaba la masacre más feroz, cobarde y sangrienta de la historia argentina. Veinte años después se juega otra fecha del campeonato. Los que vayamos a la cancha, los que escuchemos el partido por la radio o los que veamos a la noche los goles por tevé no podemos olvidar lo que pasó. En nuestra memoria tiene que estar presente todo lo ocurrido. Transmitirlo a las generaciones que vienen, con el nombre y apellido de los culpables, entendiendo que es la única forma de Justicia que nos queda. Sabiendo que es lo único que garantizará que no vuelva a ocurrir Nunca Más".Y cierra Morresi, con el alma en cada letra: "En el estadio vacío el partido está por comenzar. Los jugadores empiezan a sentir como baja de las tribunas desiertas el aliento de las hinchadas. Son 30.000 voces que no paran de cantar".Que no paran de cantar.

Como menciona Ariel Scher, Claudio Morresi, ex-jugador de fútbol escribió en 1996, para el 20º Aniversario del golpe, un texto del cual publicamos el siguiente fragmento.
"30.000 personas van a concurrir a la cancha. Los jugadores, al ir por el túnel, esperan encontrar un estadio repleto. Cuando en el centro del campo los equipos levantan la vista para saludar a las hinchadas, notan que las tribunas están tenebrosamente vacías.

En ese momento recuerdan que hoy es 24 de marzo y se cumplen 20 años del golpe militar que institucionalizó el terrorismo de Estado.En la Tribuna Sur, que alberga a miles de personas, faltan los hinchas de Boca y de River que fueron secuestrados de sus domicilios o lugares de trabajo, alojados en centros clandestinos de detención y luego de varias sesiones de tortura, arrojados desde aviones al mar.En la Tribuna Norte no se encuentran los hinchas de Racing e Independiente, que luego de pasar por el mismo calvario del secuestro y la tortura, fueron acribillados a balazos y sus cadáveres esparcidos en descampados.En la Tribuna Este no figuran los hinchas de Huracán y San Lorenzo, encontrados años después en fosas comunes exterminados de las formas más perversas.

En la Tribuna Oeste no están las hinchadas de Rosario y Newells, a las que, antes de matarlas, esperaron que parieran para quedarse con sus hijos como botín de guerra.(...) En el estadio vacío el partido está por comenzar. Los jugadores empiezan a sentir cómo baja de las tribunas desiertas el aliento de las hinchadas. Son 30.000 voces que no paran de cantar".

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