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DOCENTES ASESINADOS Y DESAPARECIDOS ANTES Y DURANTE LA DICTADURA MILITAR

El 24 de marzo de 1976 se cierne sobre nuestro pueblo la más cruel y trágica de las dictaduras militares. Desde 1853 y particularmente desde 1955, los gobiernos usurpadores fueron una constante en nuestra historia, un terrible derrotero que arrastró también a la mayor parte de los países latinoamericanos.

Con o sin pretextos aparentemente legitimadores, a veces convocados desde los propios disciplinados ejecutores de la política del "patio trasero", fueron la lacra mayor de nuestros pueblos. Nunca resolvieron los problemas que supuestamente habían convocado su trágica participación e indefectiblemente dejaron, tras su prepotente incursión, un país sometido a peores niveles de terror y dependencia. Sin embargo el saldo horroroso de sus desvaríos nunca había alcanzado los niveles del horror, la crueldad y el hermetismo que se conjugaron siniestramente en el golpe del 24 de marzo. Tal vez también, porque nunca nuestro pueblo, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros jóvenes habían tan cerca, como en la década del 70, del acariciado sueño de la social.

El terrorismo de Estado, tal como quedó demostrado indubitablemente por la CONADEP , fue la mayor perversidad habida en nuestra historia. Esta vez, más que nunca, el exterminio se alineó con el modelo económico y social de entrega, dominación y sometimiento de nuestro pueblo. Desde la larga noche de Alfredo Martínez de Hoz hasta el oscuro presente de Ricardo López Murphy, el empobrecimiento sin fronteras, la cultura de la entrega, el debilitamiento de las organizaciones sociales y la constante pérdida de derechos han sido la direccionalidad imperturbable de los sucesivos gobiernos ya sí, incondicionalmente, disciplinados a los intereses transnacionales y particularmente los norteamericanos, ideólogos imperturbables de toda ruptura institucional en América que alimentara su hegemonía imperialista.

Desde estos objetivos se gestó el genocidio. Un genocidio que permanece impune porque esos mismos intereses siguen siendo la proa en el accionar de los sectores sociales dominantes en el presente. Los mismos grupos que facilitan hoy, ya distanciados del descrédito militar, otras formas de dominación social. Encuentran otros aliados que les facilitan la manipulación social disfrazada de "democracia representativa", favorecida por la apropiación de los medios masivos de comunicación, y alineados desde el férreo "adoctrinamiento" fondomonetarista que se ejerce sobre sus tecnocracias. Los favorece el que siga presente entre nosotros la pesadilla del miedo. Miedo no sólo a que se repita el horror. Miedo a la pobreza, al desamparo, a la violencia, al desempleo... Y sobre todo porque han logrado inyectarnos, merced al uso intencionado de buenos sectores de los llamados "medios de comunicación", la desoladora mentira de que "no se puede". El subconsciente colectivo, crecido en el individualismo neoconservador del "sálvese quien pueda", descree no sólo de la dirigencia, que en muchos casos bien lo tiene merecido, sino de sus propias fuerzas y de la propia capacidad de acción de los pueblos y de los trabajadores organizados. Una mentira que nos condena al inmovilismo, a la resignación y nos releva del compromiso necesario para impulsar las construcciones sociales solidarias que tejan las redes protectoras de esta empobrecida sociedad.

Es tan inmenso el daño, tan devastadoras sus consecuencias que no habrá, a pesar del tiempo, consuelo humanitario que puedan borrarnos el inmenso dolor de sus queridas pérdidas o anestesiarnos en la constante búsqueda de aquellos niños, ya hombres y mujeres, a los que seguimos queriendo devolverles el derecho a la dignidad de su nombre, su identidad, sus raíces.

Muertes y desapariciones de líderes barriales, sociales, religiosos, políticos, cuya ausencia nos debilita y nos enflaquece a la hora de luchar en este desgarrador presente de niños desnutridos, de muertes evitables, de piqueteros baleados, de compañeros procesados, de hambre, de pobreza extrema, de exclusión. Por eso no puede haber subterfugios inconstitucionales como la "obediencia debida", ni el "punto final", ni indultos politiqueros, que nos borren a más de 200 adolescentes arrancados de nuestras aulas ni a los 606 docentes asesinados, detenidos/desaparecidos. Los obreros, los artistas, los poetas, los escritores, los científicos, los militantes de la vida, los vecinos, los amigos, los conocidos, los religiosos, los comprometidos, los humanitarios, los... cuya desaparición contribuye decisivamente a la falta de liderazgos actuales. Tampoco dejarán la pesadilla los compañeros perseguidos, torturados, exiliados, acosados, sobrevivientes al genocidio.

No habrá olvido ni perdón para los militares asesinos y sus socios cómplices internos o externos, los que arrancaron las flores y pretenden aún hoy, condenar al olvido a nuestros seres queridos.

Muchos de nuestros alumnos y aún nuestros compañeros de trabajo más jóvenes necesitan saber por qué las Madres y las Abuelas los siguen reclamando. Por qué cada 24 de marzo revivimos el dolor para no volver al horror. Para que Nunca Más. Para que ninguna otra siniestra noche caigan sobre Isauro, sobre Marina, sobre Eduardo, sobre Susana, sobre Félix, sobre Camilo, sobre JULIO, sobre....nadie, nunca más.

También necesitan saber que esos asesinatos estaban dirigidos a acallar los ideales de justicia, libertad y dignidad que guiaban el accionar de nuestros hermanos y que, para que sus muertes no hayan sido totalmente en vano, necesitamos en el presente el cauce de una militancia y un compromiso social con la vida y los derechos humanos cuya vigencia y aplicación son un imperativo para todos.

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